El trabajo dignifica, ¿o no?

El trabajo dignifica, ¿o no?

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“Cada quien hace de su vida un saco y se mete en él”, así reza un refrán venezolano muy acertado y es que, es verdad, a nadie debe interesarle lo que hacen los demás. Por lo menos yo parto de esa premisa.

Sin embargo, no puedo evitar señalar y condenar a cierto tipo de personas, un grupo de personajes que todos conocemos: el emigrante impertinente.

No hablo solo en la posición de venezolana en el exterior, no. Esto es algo que vengo condenando desde antes de emigrar, hablo de esos profesionales que utilizan las redes sociales y medios web para quejarse de que el trabajo obtenido fuera de su país no tiene nada que ver con su carrera.

Recientemente leí en El Nacional, la historia de un periodista en Aruba que trabaja como mesonero; su relato era más bien una queja con un toque de lástima, que buscaba que los lectores nos adentráramos en la fatalidad en la que se ha convertido su vida desde que decidió emigrar.

El sujeto, decepcionado de ser un periodista un tanto reconocido en Venezuela, con número PNI y experiencia suficiente hasta para dirigir un medio, narraba la “humillación” que significaba para él prestar servicios como mesero. Habló de que un día había entrevistado a Caterina Valentino en Venezuela y de repente pasó a servirle café en Aruba.

Algo similar me pasó recientemente con otra periodista, que tras emigrar a Bogotá, encontró empleo como vendedora de accesorios celulares en una tienda modesta; esta mujer me contaba indignada la situación que estaba atravesando.

Y así las historias continúan, ingenieros paseando perros, arquitectos lavando platos y un montón de situaciones más.

En este punto quiero hacer un llamado a la lógica y a la reflexión: cerca de dos millones de venezolanos han emigrado a distintos destinos del mundo. Muchos con sus títulos bajo el brazo y cargados de ganas de luchar y trabajar para vivir en las condiciones que Venezuela no les permitió.

Otros, se van también con el título universitario, pero con la escondida intención de sentirse superiores ante los demás. Lo que no saben es que una profesión no es el único factor merecedor de respeto. La humildad, generosidad, amabilidad, solidaridad y modestia son las cualidades más relevantes en un verdadero ser humano.

Yo conozco muchos obreros con una sensibilidad humana infinita, personas humildes con las que a uno le provoca conversar, gente que te muestra una perspectiva distinta de la vida, hombres y mujeres que no discriminan, que trabajan y luchan sin descanso porque no hay mejor forma de forjar valores que trabajando. Así como también he conocido profesionales con posgrados y doctorados que no le ven ningún problema al hecho de servir un café, limpiar un piso o aceptar ropa usada.

Al salir de tu país de origen debes estar al tanto que las “comodidades” desaparecerán. En Venezuela no sobran las comodidades, pero eres ciudadano natural de esa tierra, cosa que no serás en otro país. Al salir te sientes ajeno, tus prioridades cambian y no han cambiado, pues en algún momento tiene que pasar. Muchos de los que emigramos nos emocionamos al encontrar un empleo, por más sencillo que sea, es un motivo para celebrar, es un éxito alcanzado tras el exilio, y es que el trabajo, sea cual sea, no debe ser motivo de vergüenza; el trabajo dignifica y le da valor a las cosas.

Y sí, seguramente en Venezuela ocupabas y cargo ejecutivo que abandonaste al emigrar, pero recuerda porqué emigraste, algo estaba fallando, ¿no? Porque, de haber sido tan perfecto, entonces no hubieses salido de tu país.

Solo pido que sean agradecidos con la vida, con las oportunidades que les presenta y con el recibimiento que les brinda su nuevo país de residencia porque, queda muchísima gente en Venezuela luchando día y noche para lograr salir de allá y poder trabajar, sea limpiando pisos, bañando perros o sirviendo cafés.

Para nadie ha sido fácil, unos han tenido más suerte que otros, porque se trata de eso, de suerte. Pero si hay algo que debemos tener todos claro es que, el trabajo dignifica.