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Foto Bruno García (Cortesía Ivic)Fondo editorial del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic) publicó recientemente un libro sobre el tema.

 

Viven en completa armonía, beneficiándose mutuamente de la convivencia en pareja. Aunque hay sus excepciones, la gran mayoría de las veces ambos individuos establecen una relación perfecta en la cual nadie resulta perjudicado.

Pero los protagonistas de esa historia no son personas o animales, sino sus vecinos, plantas y hongos, de cuyo vínculo nacen micorrizas. Se entiende por micorriza la asociación espontánea entre la raíz del 80% de la flora y determinados organismos microscópicos del suelo.

Existen varios tipos, pero el más famoso es el arbuscular, tema central del libro Las micorrizas arbusculares: aspectos teóricos y aplicados, editado por el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas a través de Ediciones Ivic y bautizado recientemente en la institución.

Según la autora de la obra e investigadora emérita del Centro de Ecología del Ivic, Gisela Cuenca, las evidencias fósiles y moleculares sugieren que las micorrizas arbusculares son las más antiguas, siendo responsables de la colonización del planeta hace 400 millones de años.

La publicación, redactada completamente en español, fue dividida en 10 capítulos, incluyendo un índice de materias. “Escribí el libro pensando en los jóvenes sin un concepto previo de las micorrizas pero interesados en su estudio”, indicó.

Como aparecieron tan temprano en la historia de la Tierra, son las más comunes y abundantes. Aunque están presentes en todos los continentes y tipos de ecosistemas, son el tipo de micorrizas dominante en zonas tropicales como Venezuela.

“Un famoso micorrizólogo dijo que las plantas no tienen raíces sino micorrizas, y en efecto, estamos rodeados por ellas”, informó la bióloga del Laboratorio de Ecología de Suelos del Ivic, Gisela Cuenca, con 47 artículos científicos en su haber.

En el proceso de formación de micorrizas arbusculares intervienen solo los hongos glomeromicetos, que a diferencia de otros filos, no son cultivables, es decir, dependen de una planta hospedera para obtener carbohidratos y sobrevivir. Sin embargo, la variedad de plantas participantes es mucho más amplia, abarcando briofitas, pteridofitas, gimnospermas y angiospermas.

Así lucen las esporas de los hongos micorrízicos arbusculares. Foto Cortesía Ivic

Cultivos a salvo

Hoy en día, son usadas “para restaurar ecosistemas y apoyar la producción agrícola. Su aspecto más emblemático es el incremento de la nutrición mineral, pero además protegen contra el ataque de patógenos en el campo y mejoran el balance hídrico”, dijo Cuenca.

Dar y recibir en igualdad de condiciones es la manera como se comporta este nexo biológico, muy frecuente en la naturaleza y capaz de habitar en múltiples ecosistemas, “desde acuáticos a desiertos y desde el bosque tropical lluvioso a altas latitudes y altitudes”, reseña el libro.

En el texto científico se señala que la inmensa mayoría de las plantas de interés agrícola forman micorrizas arbusculares. En este grupo están incluidas las de maíz, algodón, trigo, papa, caña de azúcar, lechuga, cebolla, ajo, fresa, lechosa, aguacate, guayaba, piña, cacao, café, cítricos, banano, caraotas, frijoles, entre otras.

Hace algunos años, en el Ivic se realizaron experimentos en vivero con la guayaba y se constató que las micorrizas arbusculares disminuyeron en 50% la utilización de agroquímicos. También se hicieron pruebas con la lechuga y los resultados fueron sorprendentes: con micorrizas arbusculares el empleo de estos fertilizantes se redujo en 90%.

Las esporas producidas por los hongos micorrízicos arbusculares -gracias a las cuales estos se reproducen- están concentradas en los primeros 15 centímetros del suelo. Esta porción de tierra es crucial para la recuperación o restauración de suelos y áreas degradadas.

“Si destruyes eso con arado o aplicando elevadas dosis de fertilizantes químicos, las micorrizas arbusculares desaparecen y en algunos casos pueden transformarse en parásitas. La naturaleza es armonía y el hombre es quien la rompe”, aclaró la investigadora.

Tampoco es aconsejable dejar el suelo desnudo porque “a medida que el tiempo de descanso es más largo, mayor es la reducción que se observa en el número de esporas, el porcentaje de raíz micorrizada, así como en la productividad del cultivo”.

 Gisela Cuenca, autora del libro. Foto Bruno García (Cortesía Ivic)

Sello venezolano

En la obra también se incorporó la experiencia del Ivic en el desarrollo de un proyecto financiado por el Fondo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Fonacit) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El fin: la elaboración de inóculos comerciales de hongos micorrízicos arbusculares para ser aplicados como biofertilizantes en la agricultura de suelos ácidos, muy frecuentes en nuestro país.

El producto se llama Micoven y actualmente se producen 800 kilogramos al año en el Ivic. En vista de que no existe la tecnología para generar micorrizas a gran escala, el material es vendido a pequeños agricultores luego de comprobar si efectivamente requieren de esta herramienta.

“Antes de recomendar determinada especie de hongo micorrízico arbuscular para inocular, es muy importante haber hecho pruebas previas utilizando el suelo y el cultivo que interesa, para así seleccionar el hongo que resulte más favorable a los objetivos que se persiguen”, se menciona en el manuscrito.

La autora dedicó un capítulo completo a exponer el estudio de la diversidad y estructura de las comunidades de hongos micorrízicos arbusculares a través de herramientas moleculares, basándose en los aportes de la jefa de la Unidad de Desarrollo de Inoculantes Micorrízicos del Ivic, Milagros Lovera.

Asimismo, el libro incluye algunas consideraciones para Latinoamérica en cuanto al comercio responsable y ético de los inoculantes

Algunas de las propuestas son el diseño de un protocolo para determinar la necesidad real de inocular, el desarrollo de herramientas legales para garantizar la calidad e inocuidad del producto (nacional e importado) y profundizar aun más las investigaciones para entender la conducta de las micorrizas en el campo si se pretende consolidar como un sistema socioproductivo.

Corte de una raíz micorrizada de cafeto. Foto Cortesía Ivic

Obra aclamada

Entre amistades, familiares cercanos, compañeros de trabajo y estudiantes transcurrió la ceremonia de presentación de Las micorrizas arbusculares: aspectos teóricos y aplicados, sellada con un rocío de inólucos micorrízicos.

Durante el bautizo, el investigador y actual jefe del Centro de Ecología del Ivic, Astolfo Mata Betancourt, explicó que fruto de más de 25 años de dedicación exclusiva al estudio de esa simbiosis vegetal universal ha sido “este maravilloso libro, que pone al servicio de todos sus conocimientos en el área de las micorrizas, la cual tiene gran aplicación en la agricultura y restauración de ecosistemas degradados”, dijo.

De igual forma, Mata precisó que la publicación, por demás pionera, resulta de gran ayuda en la formulación de políticas públicas, “para que nuestros gobiernos apoyen la utilización de fertilizantes naturales, de bajo costo y desarrollados en el país. El libro tiene mucha significación para la soberanía alimentaria”.

Convencida de transitar por el camino correcto -dirigido a una agricultura sustentable con ayuda de las micorrizas-, la investigadora del Laboratorio de Ecología de Suelos del Ivic, Laurie Fajardo, aseguró que “el texto será de amplia consulta, es un libro muy esperado no solo en nuestro país sino en la región, que refleja en español la importancia del tema”, afirmó.

Por su parte, la jefa de la Oficina de Ediciones Ivic, Pamela Navarro, informó que la obra era la primera de una serie denominada Legados, con la cual se busca inmortalizar, a través de la palabra escrita, los numerosos aportes de investigadores de amplia trayectoria como Gisela Cuenca.